Los números que Carlos Torres Piña puede poner sobre la mesa

Un currículum extenso puede impresionar y, al mismo tiempo, decir muy poco. Haber ocupado distintos cargos demuestra experiencia, pero no necesariamente eficacia. La pregunta verdaderamente incómoda para cualquier servidor público aparece después: ¿qué cambió mientras estuvo ahí?

En el caso de Carlos Torres Piña, esa pregunta puede plantearse sobre dos responsabilidades particularmente complejas: conducir la política interna de Michoacán y, posteriormente, encabezar su Fiscalía General. Son funciones distintas y, por lo tanto, deben evaluarse con criterios diferentes.

A un secretario de Gobierno se le puede exigir capacidad para procesar conflictos, construir acuerdos y evitar que las diferencias políticas o sociales paralicen al estado. A un fiscal, en cambio, se le mide por investigaciones, mandamientos judiciales, combate a la impunidad y reparación del daño a las víctimas.

Gobernabilidad: menos conflicto, más interlocución

Cuando Torres Piña estuvo al frente de la Secretaría de Gobierno, recibió un estado con una larga tradición de movilización social. Maestros, normalistas, transportistas, comunidades indígenas, organizaciones sociales y municipios forman parte de una dinámica política que ningún secretario puede eliminar por decreto.

La responsabilidad institucional tampoco consiste en impedir las protestas, pues manifestarse es un derecho democrático. El reto está en evitar que la falta de interlocución convierta cada demanda en un conflicto permanente.

Durante ese periodo, el gobierno estatal reportó una reducción cercana al 67 por ciento en protestas y manifestaciones respecto del punto de partida de la administración. El dato, por sí solo, no significa que exista un mejor gobierno: menos movilizaciones no equivalen automáticamente a mayor gobernabilidad.

Sin embargo, cuando esa disminución coincide con la instalación de mesas de diálogo y con la ampliación de mecanismos para procesar demandas, el indicador adquiere otra dimensión. El propio tercer informe estatal documentó esta estrategia de interlocución.

Uno de los casos más relevantes fue el de las comunidades indígenas. Al inicio de la administración eran alrededor de once las comunidades que ejercían directamente su presupuesto; posteriormente, esa cifra creció de manera sustancial.

Más allá del número, el cambio implicó una transformación en la relación entre gobierno, municipios y comunidades: se avanzó hacia esquemas en los que determinadas comunidades podían decidir directamente sobre una parte de los recursos que les correspondían.

Para la Secretaría de Gobierno, esto significó acompañar consultas, resolver diferencias internas, mantener la relación con los ayuntamientos y construir nuevos mecanismos de interlocución. No fue simplemente una decisión administrativa, sino un proceso político complejo.

De la negociación a la investigación

Después llegó la Fiscalía General del Estado, donde escuchar y negociar ya no eran suficientes. Una carpeta de investigación no se resuelve mediante un acuerdo político y una orden de aprehensión depende de una investigación capaz de sostenerse ante un juez.

Torres Piña pasó así de una institución cuyo principal instrumento es el diálogo político a otra en la que los resultados dependen del trabajo coordinado de ministerios públicos, policías de investigación, peritos y órganos jurisdiccionales.

Ahí aparece uno de los indicadores más claros.

Entre julio de 2024 y mayo de 2025, la Fiscalía reportó el cumplimiento de 212 mandamientos judiciales sin detenido previo. Para el periodo julio de 2025 a mayo de 2026, la cifra llegó a 477.

El incremento es cercano al 125 por ciento.

El dato importa porque refleja expedientes que avanzaron hasta obtener una orden judicial y, posteriormente, permitieron localizar a la persona requerida. Es una medida más relacionada con la capacidad de investigación que limitarse a contabilizar detenciones en flagrancia.

Reparar el daño: la otra cara de la justicia

Existe, además, otro indicador que se acerca todavía más a la finalidad de una Fiscalía: la reparación del daño.

Durante la gestión de Torres Piña, este indicador registró un crecimiento aproximado del 94 por ciento.

Una captura puede convertirse fácilmente en un dato político. Pero para una víctima, la historia no termina necesariamente cuando el responsable es detenido. Recuperar patrimonio, recibir una reparación o alcanzar una solución jurídica forma parte de una justicia que con frecuencia queda fuera de la conversación pública.

Por eso, el crecimiento de este indicador resulta relevante: permite observar el trabajo institucional desde la perspectiva de quienes padecieron directamente un delito.

El problema de la impunidad

La impunidad completa el cuadro.

En junio de 2026, la Fiscalía reportó un indicador de 67.68 por ciento, frente a una media nacional de 89.42 por ciento.

Una lectura propagandística podría presentar inmediatamente la cifra como un éxito. Una lectura responsable obliga primero a reconocer que 67.68 por ciento sigue siendo demasiado alto. La impunidad continúa representando un problema enorme.

Lo relevante está en la comparación. El indicador coloca a Michoacán más de veinte puntos porcentuales por debajo de la referencia nacional, lo que sugiere un desempeño relativo más favorable frente a un fenómeno que afecta prácticamente a todo el país.

La experiencia también se puede medir

Estos datos permiten mirar la trayectoria de Torres Piña desde una perspectiva distinta.

Su argumento no tendría que limitarse a que fue diputado federal, dos veces secretario de Gobierno y fiscal general. El verdadero peso de esos cargos está en haber enfrentado problemas concretos y en haber dejado indicadores que pueden compararse.

Menos conflictividad social mediante mecanismos de interlocución; más investigaciones que llegaron hasta mandamientos judiciales; mayor reparación del daño y un indicador de impunidad inferior al promedio nacional pertenecen a ámbitos diferentes, pero comparten una característica: son resultados que pueden medirse.

Eso tampoco significa construir una historia en la que todo funcionó.

Michoacán mantiene conflictos sociales. Las comunidades indígenas continúan enfrentando dificultades en sus procesos de autogobierno. La Fiscalía mantiene una deuda importante frente a la impunidad y todavía existen áreas en las que los resultados deben mejorar.

Precisamente por eso los números son útiles: porque permiten evaluar lo que funcionó sin ocultar aquello que quedó pendiente.

Hay una diferencia fundamental entre antigüedad y experiencia. La antigüedad simplemente cuenta los años transcurridos. La experiencia, en cambio, debería demostrar qué se aprendió durante esos años y qué capacidad se desarrolló para resolver problemas.

Torres Piña acumula más de dos décadas de trayectoria política, pero lo relevante no es únicamente el tiempo. Lo políticamente significativo es que ya ha sido sometido a la prueba de ejercer responsabilidades complejas y que existen indicadores para revisar su desempeño.

Por eso, al analizar su paso por Gobernación y por la Fiscalía, la discusión puede abandonar por un momento las etiquetas y concentrarse en preguntas más sencillas: ¿hubo menos conflictividad?, ¿aumentó la capacidad de investigación?, ¿hubo mayor reparación a las víctimas?, ¿se redujo la impunidad respecto de otros contextos?

Los números disponibles permiten construir respuestas.

Y quizá ése sea el argumento más sólido que Carlos Torres Piña puede poner sobre la mesa cuando se habla de experiencia: no pedir que se confíe únicamente en lo que promete hacer, sino permitir que se revise lo que ocurrió cuando ya tuvo la oportunidad de hacerlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *